8 de abril de 2009

El otro Alfonsín - lanacion.com

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Por Laura Capriata
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Miércoles 8 de abril de 2009 | 01:53 (actualizado a las 01:58)
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No conocí al Raúl Alfonsín que conocieron todos. No conocí personalmente al Alfonsín del ´83, joven y triunfador; ni me presentaron al que dejó el Gobierno apurado por la hiper y los saqueos.

El Alfonsín que yo conocí fue el que me tocó seguir a sol y a sombra en los últimos cinco años, mientras su poder real y su salud declinaban, pero el mito crecía.

Me tocó entrevistarlo siete veces y seguirlo en prácticamente todos los actos en los que participó en este lustro y monedas.

Cuando lo vi por primera vez, en el año 2003, buena parte de la UCR le reprochaba su benevolencia con el recién llegado Néstor Kirchner.

'Tenemos que ser una oposición constructiva', me repetía Alfonsín, conforme con varias medidas del nuevo Gobierno, como la renovación de la Corte Suprema y la preocupación por los derechos humanos.

Tardó muchos meses en sacarle su voto de confianza a este gobierno, pero cuando lo hizo no tuvo vuelta atrás. Me acuerdo del Alfonsín dolido cuando no le dejaron entrar a la Casa Rosada para poner una ofrenda ante el busto de don Arturo Illia, del Alfonsín enojado cada vez que el kirchnerismo negaba su política de derechos humanos y del enardecido cuando descubrió que Néstor Kirchner nunca iba a dialogar con la UCR pero se llevaba a sus filas a sus gobernadores e intendentes.

Por eso el último homenaje, cuando descubrieron su busto en la Casa Rosada, lo saboreó como una reivindicación. Tengo la íntima convicción de que Alfonsín, como los grandes hombres, los perdonó, aunque no olvidó.

En estos años ya casi no usaba traje y corbata, salvo para algún evento excepcional. Siempre me recibía en su oficina de Santa Fe, con camisitas sport y pantalón de vestir. Todo el tiempo con la elegancia de un dandy y un piropo en la boca.

Un día se enteró que yo había tenido un problema personal. Habitualmente me saludaba agarrándome las dos manos entre las suyas, delante del cuerpo, pero ese día no me las soltó hasta que lo miré a los ojos y le conté cómo estaba, algo que yo estaba tratando de evitar. Por algo los más viejos lo recuerdan como un padre, y los jóvenes como un abuelo.

Alfonsín se acordaba el nombre de todos, fueran periodistas novatos, militanes veteranos o jóvenes admiradores. Y había algo en su mirada que te hacía sentir que eras importante para él, aunque fueras el cartero.

Varias veces lo vi derrotado. En 2004 su candidato perdió la conducción de la convención nacional de la UCR, y poco después la del comité nacional, siempre a manos del grupo de radicales del interior que encabezaban Angel Rozas y Gerardo Morales.

La última vez fue cuando Roberto Lavagna, el hombre que Alfonsín impuso como candidato presidencial del radicalismo en 2007, pactó con Kirchner por la conducción del PJ. 'Defraudó a los tres millones que lo votaron', me dijo Alfonsín, con más tristeza que rencor.

Nunca vivió esas derrotas como una tragedia, y al día siguiente estaba otra vez en el ring.

Tenía fama de irascible, pero una sola vez lo vi así. Fue justamente cuando le pregunté si el pacto de Lavagna con Menem no era igual al suyo con Menem en el Pacto de Olivos.

'¡No tiene absolutamente nada que ver! El Pacto de Olivos se hizo para salvar a la República', gritó, dando un golpe sobre la mesa.

En todas esas conversaciones había temas que Alfonsín siempre tocaba: la necesidad de partidos políticos fuertes, el reclamo de diálogo y búsqueda de consensos y su preocupación por la dispersión de la UCR. 'Serán bienvenidos, no les preguntaremos qué pasó ni por qué lo hicieron', fue el mensaje que le envío a los radicales K hace ya más de un año, en el primero de los múltiples homenajes que todos le organizaban cuando el frío de la muerte le empezó a rondar.

'¿Ese que habla soy yo? ¡Qué voz de viejo!' me dijo un día, entre sorprendido y fastidiado, cuando rebobiné sus palabras para ver si andaba el grabador. Esa es la imagen que tuve de él hasta el último día: una mente brillante, vibrante, intacta, encerrada en un cuerpo que había dado demasiadas batallas.
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